Son las tardes de melancolía las que traducen el alma en verso. El ejercicio de escribir se profana al intentar atrapar los pensamientos con palabras. La dulce savia que emana del centro del alma se torna en azúcar de cristal al tocar la tinta y el papel con que se mira. A veces el humo ayuda—pues así escapan las palabras que no se logran atrapar en el último verso cursi—aquél que te ha de llevar al alma de quien lee, juzga y edita. O quizás flotan ahogadas las palabras en el fondo del vaso—allí donde no hay milagros, sólo 80 grados prueba. Son aquellas quizás más bellas si entran de nuevo al cuerpo—al llevar la mano y asirse—con ímpetu—del vidrio a la boca—y entra el calor. Sólo una puede ahogarlo al quemarlo—sólo eso—ya ni flotan—son palabras ¡Qué va! Era un verso.

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